La inteligencia artificial no me sustituye. Me ayuda a ser más libre

13.06.2026

Mi experiencia con el avatar digital, la comunicación aumentativa y el papel de la IA en los principales sectores de la sociedad entre innovación, derechos fundamentales y responsabilidad.

Cuando se habla de inteligencia artificial, el debate público suele oscilar entre dos extremos opuestos. Por un lado, están quienes la describen como una amenaza capaz de sustituir a trabajadores, profesionales e incluso capacidades humanas fundamentales. Por otro, quienes la consideran una especie de solución mágica destinada a resolver todos los problemas de la sociedad contemporánea. Ambas visiones son erróneas. La inteligencia artificial no es ni una amenaza inevitable ni una solución universal. Es una herramienta. Y, como toda herramienta, su valor depende del uso que hagamos de ella.

Como jurista, pero sobre todo como persona con discapacidad, observo la inteligencia artificial desde una perspectiva particular. Para muchas personas representa simplemente una tecnología innovadora. Para otras, entre ellas muchas personas con discapacidad, puede representar algo mucho más importante: una posibilidad concreta de autodeterminación.

Mi experiencia personal me ha llevado a reflexionar profundamente sobre este tema. Debido a mi patología neurológica utilizo la Comunicación Aumentativa y Alternativa y me comunico mediante un sintetizador de voz. Las ideas, los razonamientos y los conocimientos que deseo compartir suelen ser mucho más rápidos que los movimientos de mi cuerpo. Sé perfectamente lo que quiero decir. El problema no es el pensamiento. El problema es el tiempo necesario para que mi cuerpo logre traducir ese pensamiento en palabras y acciones.

Cuando participo como ponente en congresos, encuentros públicos o actividades formativas, escribo mis intervenciones con antelación y las guardo en mi comunicador. En el momento oportuno las reproduzco. No porque no sea capaz de sostener el discurso. Todo lo contrario. Lo hago porque mi condición física ralentiza inevitablemente la velocidad de la expresión. La inteligencia, la preparación y las competencias permanecen intactas. Es el cuerpo el que avanza a un ritmo diferente.

Por esta razón decidí recientemente crear un avatar digital que me representara. Durante años realicé vídeos estáticos. Funcionaban, pero sentía que faltaba algo. Cuando escuchamos a una persona no recibimos únicamente información. Asociamos esas palabras a un rostro, una mirada, una presencia. Me gusta que quienes siguen mi trabajo puedan ver una representación de mí mientras expongo un razonamiento jurídico, una reflexión social o un análisis sobre los derechos humanos. Me gusta que el mensaje esté asociado a la persona que lo expresa. El avatar no sustituye mi identidad. No sustituye mi pensamiento. No sustituye mis competencias. Simplemente hace que la comunicación sea más accesible.

Las palabras siguen siendo mías. Las ideas siguen siendo mías. Los artículos siguen siendo míos. Las reflexiones siguen siendo mías.

La inteligencia artificial no habla en mi lugar.

Me ayuda a hacerme escuchar.

Y esa es una diferencia enorme.

Esta experiencia personal me ha llevado a comprender hasta qué punto resulta reduccionista considerar la inteligencia artificial únicamente como una tecnología informática. En realidad, estamos ante una herramienta capaz de ampliar las capacidades humanas en muchísimos sectores profesionales.

En el periodismo, en la industria editorial y, más en general, en el mundo de la escritura, la inteligencia artificial está abriendo escenarios que hasta hace pocos años parecían impensables. Puede ayudar a periodistas, investigadores, autores y editores en el análisis de grandes cantidades de información, en la consulta de archivos documentales, en la verificación preliminar de fuentes, en la transcripción de entrevistas y en la traducción de contenidos destinados a audiencias internacionales. También puede contribuir a hacer los textos más accesibles mediante resúmenes, adaptaciones lingüísticas y herramientas de lectura asistida. Para quienes escriben ensayos, artículos o trabajos divulgativos, representa con frecuencia un valioso apoyo en la fase de investigación y organización del material, permitiendo dedicar más tiempo a la elaboración crítica y a la construcción del pensamiento.

Sin embargo, incluso en este ámbito, la inteligencia artificial no puede sustituir aquello que hace auténticamente humano el trabajo intelectual: la capacidad de interpretar la realidad, formular preguntas originales, ejercer el pensamiento crítico, contextualizar los hechos y asumir la responsabilidad de lo que se publica. Un algoritmo puede procesar información, pero no posee conciencia, experiencia, sensibilidad cultural ni ética profesional. En el periodismo, en particular, siguen siendo esenciales los principios de verificación de las fuentes, precisión, independencia y responsabilidad hacia los lectores. La inteligencia artificial puede convertirse, por tanto, en una herramienta valiosa para mejorar la productividad y la accesibilidad de la información, pero la tarea de explicar la complejidad del mundo y distinguir entre verdad, opinión y manipulación sigue estando firmemente en manos de los seres humanos.

También en mi trabajo cotidiano de divulgación jurídica, redacción de artículos y creación de contenidos utilizo la inteligencia artificial como herramienta de apoyo. Me ayuda a trabajar más rápido, a organizar mejor las ideas, a encontrar información, a estructurar textos complejos y a superar algunas dificultades prácticas relacionadas con mi condición física. Sería hipócrita negarlo. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre utilizar una herramienta y delegarle el propio pensamiento.

Cada artículo publicado en mi blog, cada reflexión jurídica, cada contenido divulgativo y cada posición que expreso sobre los temas que trato nace de mi razonamiento, mis competencias, mis lecturas y mi experiencia personal. La inteligencia artificial me ayuda a transformar una idea en un texto con mayor rapidez, pero no decide lo que pienso ni construye mi opinión. Siempre reviso cada contenido, verifico las fuentes, corrijo posibles imprecisiones y modifico el texto para que refleje realmente mi punto de vista y mi estilo comunicativo. En otras palabras, no le pido a la inteligencia artificial que piense por mí; le pido que me ayude a expresar con mayor eficacia lo que ya pienso. Y esa es una diferencia sustancial.

La experiencia de la discapacidad me ha enseñado que la inteligencia artificial puede ser una herramienta de emancipación individual. Sin embargo, sería reduccionista limitar su potencial únicamente a este ámbito. Si se utiliza de manera responsable, puede contribuir a mejorar casi todos los sectores de la vida colectiva: desde la sanidad hasta el medio ambiente, desde la justicia hasta la administración pública, pasando por la información, la investigación y la seguridad.

El sector medioambiental representa uno de los ámbitos en los que la inteligencia artificial podría tener un impacto positivo especialmente significativo en las próximas décadas. En un planeta cada vez más expuesto a los efectos del cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación y el consumo excesivo de recursos naturales, la capacidad de recopilar, procesar e interpretar enormes cantidades de datos en tiempos muy reducidos puede convertirse en una herramienta fundamental para la protección del medio ambiente.

Gracias al análisis combinado de imágenes satelitales, datos meteorológicos, sensores terrestres y marinos, modelos climáticos e información geográfica, la inteligencia artificial es capaz de monitorizar la evolución de las temperaturas globales, identificar fenómenos de desertificación, detectar la deforestación ilegal y observar en tiempo real las transformaciones de los ecosistemas. En muchas regiones del mundo estas herramientas ya permiten identificar actividades ilegales de explotación de recursos naturales que, de otro modo, podrían pasar desapercibidas durante meses.

Particularmente importante es la contribución que la inteligencia artificial puede ofrecer en la prevención de incendios forestales. Mediante el cruce de datos relativos a temperatura, humedad, velocidad del viento, características de la vegetación e historial de eventos anteriores, algunos sistemas pueden identificar zonas de alto riesgo y ayudar a las autoridades en la planificación de medidas preventivas. Asimismo, puede desempeñar un papel fundamental en la gestión eficiente de los recursos hídricos, la monitorización de la contaminación atmosférica y marina y la protección de la biodiversidad.

Incluso la lucha contra el cambio climático puede beneficiarse de la inteligencia artificial. Las redes energéticas inteligentes pueden optimizar la distribución de la energía reduciendo desperdicios, mientras que los sistemas avanzados de análisis pueden mejorar la eficiencia de edificios, transportes y procesos industriales. El objetivo no es sustituir las políticas medioambientales, sino proporcionar herramientas más eficaces para adoptar decisiones basadas en evidencia científica.

En el ámbito jurídico, la inteligencia artificial ya representa una herramienta extraordinaria para la investigación normativa, jurisprudencial y doctrinal. Abogados, jueces e investigadores pueden analizar miles de resoluciones judiciales, comparar orientaciones interpretativas e identificar precedentes relevantes en tiempos impensables hasta hace pocos años. Sin embargo, el legislador italiano ha precisado acertadamente que la interpretación y la aplicación del Derecho siguen siendo prerrogativas exclusivas del juez. La inteligencia artificial puede simplificar el trabajo jurídico, pero no puede sustituir el juicio humano.

En el sector burocrático y administrativo, la inteligencia artificial puede representar una de las innovaciones más importantes de la historia de la administración pública moderna. La automatización de tareas repetitivas, la clasificación documental, la gestión inteligente de archivos y la tramitación rápida de expedientes pueden reducir significativamente los tiempos de espera y mejorar la calidad de los servicios públicos. Una administración más eficiente no es solo una cuestión organizativa: es una cuestión de derechos.

La simplificación administrativa puede permitir que ciudadanos, empresas y personas en situación de vulnerabilidad accedan más rápidamente a prestaciones, autorizaciones y servicios esenciales. Además, la inteligencia artificial puede hacer que los servicios públicos sean más accesibles mediante sistemas de asistencia virtual, traducciones automáticas y herramientas de lectura simplificada. Desde esta perspectiva, una administración pública que utiliza la inteligencia artificial de forma responsable no solo se vuelve más eficiente, sino también más inclusiva y cercana a la ciudadanía.

El sector social también puede beneficiarse enormemente de la inteligencia artificial. Traducciones automáticas, subtitulación en tiempo real, herramientas de apoyo al aprendizaje y sistemas avanzados de comunicación pueden contribuir a reducir desigualdades y barreras que durante años han limitado el acceso a la información, la educación y los servicios. Gracias a su capacidad para adaptar contenidos y lenguajes a las necesidades de distintos usuarios, la inteligencia artificial puede favorecer una participación más amplia en la vida social, cultural y económica.

También puede promover la inclusión de migrantes y refugiados mediante traducciones rápidas y acceso facilitado a la información, apoyar a estudiantes con necesidades educativas especiales a través de itinerarios personalizados y ayudar a las personas mayores a mantener durante más tiempo su independencia. Asimismo, puede apoyar a trabajadores sociales, educadores y organizaciones del tercer sector en la identificación de necesidades emergentes y en la organización de intervenciones más eficaces.

Desde esta perspectiva, la inteligencia artificial no debe considerarse una simple innovación tecnológica, sino una herramienta que, si se diseña respetando la dignidad humana y los principios de accesibilidad universal, puede contribuir a construir una sociedad más justa, inclusiva y participativa.

Incluso el sector militar demuestra que el problema no es la tecnología en sí misma, sino el uso que los seres humanos deciden hacer de ella. La inteligencia artificial puede emplearse en numerosas actividades con finalidades principalmente defensivas o humanitarias: desde la protección de infraestructuras críticas hasta la defensa frente a ciberataques, pasando por la gestión de emergencias, la búsqueda de personas desaparecidas tras desastres naturales y las operaciones de desminado y descontaminación de territorios afectados por artefactos explosivos. Gracias a su capacidad para analizar enormes cantidades de datos en muy poco tiempo, la IA puede ayudar a las autoridades a identificar amenazas, coordinar evacuaciones, organizar operaciones de rescate y proteger a las poblaciones civiles en situaciones de crisis.

Al mismo tiempo, el ámbito militar es probablemente aquel en el que surgen los interrogantes éticos y jurídicos más delicados. El desarrollo de los llamados sistemas de armas autónomas, capaces de identificar y atacar objetivos con niveles crecientes de automatización, plantea cuestiones fundamentales sobre la responsabilidad de las decisiones letales, la protección de la población civil y el respeto al Derecho Internacional Humanitario. ¿Quién responde por un error cometido por un algoritmo en un escenario de guerra? ¿Es aceptable delegar en una máquina la decisión de atacar a un ser humano? Son preguntas para las que el Derecho Internacional todavía no ha encontrado respuestas definitivas.

Por ello, las Naciones Unidas, numerosos gobiernos, organizaciones humanitarias y expertos en Derecho Internacional continúan debatiendo la necesidad de garantizar un control humano significativo sobre toda decisión que pueda implicar el uso de la fuerza letal. La reflexión jurídica contemporánea se centra especialmente en principios fundamentales como la distinción entre combatientes y civiles, la proporcionalidad y la precaución en los ataques. Se trata de valoraciones que exigen un juicio contextual, moral y jurídico extremadamente complejo, difícilmente reducible a una simple elaboración algorítmica.

Todo ello conduce inevitablemente al tema de los derechos fundamentales. La Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, ratificada por Italia mediante la Ley n.º 18 de 2009, sitúa en el centro la autonomía individual, la participación social y la accesibilidad. Los artículos 9, 19 y 21 de la Convención exigen a los Estados promover instrumentos que permitan a las personas con discapacidad vivir de forma independiente, comunicarse eficazmente y participar plenamente en la sociedad.

El mismo principio aparece en el artículo 3 de la Constitución italiana. Su segundo apartado impone a la República la obligación de eliminar los obstáculos que limitan la libertad y la igualdad de los ciudadanos. En el siglo XXI, algunas de estas barreras pueden ser superadas precisamente gracias a las tecnologías digitales y a la inteligencia artificial.

También el Derecho europeo avanza en esta dirección. El Reglamento (UE) 2024/1689, más conocido como AI Act, constituye el primer marco normativo integral del mundo dedicado específicamente a la inteligencia artificial. El Reglamento entró en vigor el 1 de agosto de 2024 y su aplicación es progresiva. Se basa en principios esenciales como la centralidad de la persona, la supervisión humana, la transparencia, la seguridad, la no discriminación y la protección de los derechos fundamentales.

Italia se ha convertido además en el primer país de la Unión Europea en adoptar una legislación nacional orgánica sobre inteligencia artificial mediante la Ley n.º 132 de 2025. Esta normativa reafirma el principio del enfoque antropocéntrico, estableciendo que la inteligencia artificial debe permanecer siempre al servicio del ser humano y que las decisiones fundamentales deben mantenerse bajo control humano. La ley hace referencia expresa a los principios de dignidad de la persona, transparencia, proporcionalidad, seguridad, no discriminación y tutela de los derechos fundamentales.

Las reflexiones jurídicas europeas más recientes subrayan además la necesidad de garantizar que los sistemas de inteligencia artificial no generen discriminaciones contra las personas con discapacidad y que estas participen activamente en el diseño y la implementación de las tecnologías que les afectan.

La verdadera pregunta, por tanto, no es si debemos utilizar o no la inteligencia artificial. La verdadera pregunta es cómo debemos utilizarla. Toda gran innovación tecnológica ha generado temores, resistencias y debates. Ocurrió con la imprenta, con la Revolución Industrial, con la electricidad, con Internet y con las redes sociales. Hoy ocurre con la inteligencia artificial. Sin embargo, la historia nos enseña que el progreso no puede detenerse; solo puede gobernarse. Por ello, la cuestión central no es la presencia de la IA en nuestras vidas, sino la capacidad de instituciones, profesionales y ciudadanos para utilizarla de manera consciente, transparente y respetuosa con los derechos fundamentales.

Como persona con discapacidad puedo afirmar que cada vez que una tecnología me permite superar una barrera, comunicarme de forma más eficaz, participar en un debate público o realizar actividades que de otro modo serían extremadamente difíciles, no tengo la sensación de estar siendo sustituida por una máquina. Al contrario, tengo la sensación de que la tecnología está haciendo por fin aquello para lo que debería existir: adaptarse a la persona y no exigir que sea la persona quien se adapte a sus limitaciones.

Durante demasiado tiempo la discapacidad se ha observado casi exclusivamente a través de aquello que una persona no podía hacer. Las nuevas tecnologías, en cambio, nos permiten centrarnos en lo que una persona sí puede hacer cuando dispone de las herramientas adecuadas. No eliminan la patología, no borran las dificultades cotidianas ni transforman mágicamente la realidad. Pero sí pueden reducir el peso de las barreras que obstaculizan la plena participación en la vida social, cultural y profesional.

En mi caso, esto significa poder comunicarme de manera más eficaz, escribir más rápido, crear contenidos divulgativos, participar en conferencias, intervenir en actos públicos y llegar a personas a las que de otro modo tendría más dificultades para alcanzar. Significa poder utilizar un avatar digital que hace la comunicación más inmediata sin renunciar a mi identidad. Significa disponer de herramientas que me ayudan a transformar el pensamiento en contenidos concretos a pesar de las limitaciones impuestas por mi cuerpo.

Mis ideas siguen siendo mías. Mi trabajo de estudio sigue siendo mío. Mis opiniones siguen siendo mías. Y la responsabilidad de todo lo que publico sigue siendo exclusivamente mía. Pero la tecnología me permite recorrer ese tramo del camino que mi condición física hace más lento y más difícil.

Tengo la sensación de estar finalmente en condiciones de ejercer mis derechos. Y cuando hablo de derechos no me refiero únicamente a la libertad de expresión, sino también al derecho a participar en la vida pública, al derecho al trabajo, al derecho a la educación, al derecho de acceso a la información y al derecho a contribuir a la sociedad con mis propias competencias.

Con demasiada frecuencia se considera la autonomía como algo absoluto: o se es autónomo o no se es. En realidad, la autonomía es casi siempre el resultado de herramientas, apoyos y oportunidades que permiten a las personas desarrollar su potencial. Desde esta perspectiva, la inteligencia artificial puede convertirse en un extraordinario instrumento de emancipación.

Y esta es, a mi juicio, la forma más elevada de innovación. No aquella que sustituye al ser humano, sino aquella que potencia sus capacidades. No aquella que reduce a la persona a un dato o a un algoritmo, sino aquella que le permite participar más plenamente en la vida de la comunidad. No aquella que crea nuevas dependencias, sino aquella que amplía los espacios de libertad.

No una tecnología que ocupe el lugar del ser humano.

Sino una tecnología que devuelva a las personas aquello que todo Estado democrático debería garantizar: autonomía, dignidad, participación y libertad.

En el fondo, el verdadero progreso no se mide por la potencia de las máquinas que somos capaces de construir, sino por nuestra capacidad para utilizar esas máquinas con el fin de crear una sociedad más justa, más accesible y más inclusiva. Si la inteligencia artificial consigue ayudarnos en esta tarea, entonces no será únicamente una revolución tecnológica.

Será una revolución civil.

Quizá por eso observo la inteligencia artificial con prudencia, pero también con esperanza. No porque crea que pueda resolver todos los problemas. No porque imagine un futuro gobernado por máquinas. Sino porque conozco muy bien la diferencia entre tener algo que decir y no poder decirlo con la misma rapidez con la que se piensa. Cada vez que una tecnología me ayuda a reducir esa distancia, no veo un algoritmo. Veo una oportunidad. Veo una herramienta que me permite ser más autónoma, más presente y más libre.

Y creo que el verdadero éxito de la inteligencia artificial no consistirá en crear máquinas cada vez más parecidas a los seres humanos, sino en construir una sociedad capaz de situar a cada ser humano en las condiciones necesarias para expresar plenamente su potencial.

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